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Los operadores de rayos X en las terminales aéreas tienen acceso directo a la intimidad de la gente a través de sus maletas.

La semana anterior el mundo se quedó con la boca abierto cuando una máquina de rayos X detectó en una maleta algo supuestamente impensable.

Acurrucado, cubierto por ropa, un niño de Costa de Marfil intentó ingresar a España.

Un joven de 19 años llevaba la maleta con el pequeño de 8 años dentro.

Historias increíbles se escriben en los puestos de control de las terminales aéreas.

En el caso del Juan Santamaría el Servicio de Vigilancia Aérea (SVA) es el encargado de revisar a los pasajeros a la hora de ingresar a las salas de abordaje.

En su formación, el personal de ese cuerpo policial tiene 80 horas de capacitación teórico-práctica relacionada con la interpretación de lo que se ve con las máquinas de rayos X.

Con equipos más grandes se revisa el equipaje que se entrega para que viaje en los compartimentos de carga.

Ahí ante cualquier duda por droga, explosivos u otra irregularidad se activa el protocolo.

En el caso de los pasajeros, la revisión de su equipaje de mano en ocasiones deja al descubierto irregularidades.

Tráfico de droga y transporte ilegal de dinero es lo más grave, pero entre lo cotidiano se detectan armas, objetos  punzocortantes, piedras y hasta conchas.

En uno de los casos más sorprendentes en esa terminal, se detectó a un europeo que intento sacar ranas y otras especies del país.

El trabajo del oficial es primordial, no solo para ver una maleta, si no para relacionar lo que puede ir en equipaje separado.

Lenguaje corporal y conducta de los viajeros ayudan a identificar sospechosos.

Más recientemente el Servicio de Vigilancia Aérea incorporó dos herramientas de gran valor.

Se trata de scanners donados por los Estados Unidos que ayudan a la detección de explosivos y narcóticos.

Los cuerpos policiales en el Santamaría en promedio revisan 6.000 pasajeros durante un día promedio. Pero en temporada alta esa cifra supera los 7.000 cada 24 horas.