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Casta nefasta

Ese grupúsculo parasitario, enquistado en el tuétano de la administración pública, que se reproduce metásticamente y que chupa y chupa y chupa millones de millones de colones.

Juan Diego Castro Hace 5/15/2015 11:16:00 AM

Las presas vehiculares de la capital. Las colas en las barandas de emergencias del Hospital Calderón Guardia. La lentitud de los pleitos en el Poder Judicial. La impunidad de los corruptos, ladrones, asesinos y violadores. El mal trato de muchos funcionarios a los ciudadanos. La catástrofe de la educación pública. El despilfarro en algunas facultades universitarias. La incapacidad de la mayor parte de la municipalidades. Los cientos de asesores legislativos. El desorden de los ministerios. La corrupción sin fronteras de la seguridad social. Los millones en alquileres de edificios. La lista podría continuar llenando cuartillas y cuartillos, pero siempre hay un común denominador: la poderosa casta burocrática.

Ese grupúsculo parasitario, enquistado en el tuétano de la administración pública, que se reproduce metásticamente y que chupa y chupa y chupa millones de millones de colones.

Esa nata dañina que traga los impuestos de los contribuyentes, para enriquecerse y disfrutar de prebendas inimaginables. Esa nobleza surgida de los antiguos pegabanderas y aduladores de los politiqueros, que se sirve a diario con el cucharon del cinismo.

Esa casta nefasta que tiene sumida a la sociedad civil en el caos y la frustración, con sus salarios de lujo, con dietas despanpanantes, con dedicaciones exclusivas disfrazadas, con pluses por aquí y pluses por allá, repleta de incompetentes certificados, mañosos de mil pretextos, sin imaginación para resolver los más leves problemas.

Esa argolla de vividores incapaz de buscar el remedio a los grandes conflictos que enfrenta el pueblo costarricense desde años. Nada les importa, más que sus sueldos inmerecidos, sus lujillos de funcionarios, pasar los calendarios tranquilamente y esperar una buena pensioncilla.

La Patria está tomada por ese matapalo que impide a las ramas del progreso y la equidad, cubrir a la mayoría de las ciudadanas y de los ciudadanos.  Esa élite autoelegida, prepotente y vagabunda, que no tiene ningún interés por nuestra nación.

Un inspector judicial que se atreve a visitar un lupanar en un vehículo oficial, es nada más que la caricatura del desmadre criollo. Veinte o treinta años para hacer una carretera.  

Diecisiete años para desarrollar el expediente electrónico del seguro social y todavía no está listo. Doce años analizando las posibles reformas al Poder Judicial y aún la cúpula no ha acabado. Cuarenta años pensando en construir el aeropuerto en Orotina y aún nada.

Mientras tanto, nuestros quinientos mil kilómetros de mar están abandonados y los particulares deben hacer recolectas para comprar una lanchita que cuide la isla del Coco.

Nuestras carreteras y nuestros puentes han colapsado desde hace decenios; la justicia pronta y cumplida fue borrada de las páginas de la Carta Magna; los magistrados quieren seguir la nueva tradición de concluir sus carreras en capilla ardiente y los altos burócratas están apoltronados en sus escritorios. A esa casta, cara y perezosa, no le importa nada, nada, nada.

Esa casta nefasta, lo único que le interesa es el pago fijo cada quincena y la pensión.