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Yo al igual que la gran mayoría de la población joven costarricense he disfrutado una y otra vez los videos de la selección en Italia 90, he derramado lágrimas y mi piel se ha erizado con narraciones como las de Mario McGregor y Javier Rojas, pero siempre sentía ajena esa gloria, ese momento de éxtasis que explotó con el taquito de Jara o la corrida de Medford.

No me había sentido parte de ese momento histórico que enloqueció a una nación y puso a un país ante los ojos del mundo, porque lastimosamente para mí cuando eso ocurrió era apenas un niño, uno que posiblemente vio a sus padres y vecinos gritar de alegría, lanzarse a las calles con banderas y caras pintadas pero que no lo recuerda, una persona que admira, idolatra y respeta a un grupo de 22 jugadores pero que ha vivido con recuerdos prestados.

Recuerdos que me han dado los especiales de televisión, libros y videos en Youtube, por eso antes de iniciar Brasil 2014 dije que ¡no quería más Italia 90! Casi que de manera desesperada clamaba por ser testigo de una nueva historia, de la consagración de nuevos héroes, quería saber lo que se siente ser respetado por todo el mundo futbolístico.

Porque somos un país que los únicos cañones que tiene son los pases de 40 metros que lanza Celso Borges, con una democracia tan sólida como la pareja de centrales que componen Duarte y Umaña, admirados por una naturaleza tan exquisita y diversa como el repertorio de gambetas de Joel Campbell, pero no éramos una potencia en el fútbol, ni siquiera un equipo de mediana calidad ante los ojos del mundo

Despertó el monstruo rojo

Pero todo eso cambió en Denver, Estados Unidos cuando la FIFA fue complaciente con los locales y nos hizo jugar bajo una capa de nieve, cuando olvidó sus estatutos de Fair Play y se hizo de la vista gorda ante el pedido del técnico de la selección estadounidense, en ese partido, en ese sublime momento se despertó un monstruo.

Un monstruo que salió dispuesto a comerse vivo a todos los rivales que le pusieran en el frente, no importó si eran Honduras, Estados Unidos o México, tampoco si se trataba de dos campeones mundiales como Uruguay e Italia.

 Costa Rica encontró la unión de grupo en la humillación de aquel juego que nunca debió jugarse y decidió no solo darle la espalda al lema de juego limpio que proclama la FIFA  sino también a la historia.

22 jugadores decidieron que no querían vivir más de recuerdos, ser comparados con Gabelo Conejo, Juan Cayasso o Hernán Medford y ¡lo lograron!

Porque nos hicieron llorar al tomar venganza ante Uruguay, al cobrar una factura pendiente desde el 2010, pero lo hicieron de la mejor manera: jugando fútbol, porque no bastaba con ganarles, había que humillarlos, destrozarlos con gambetas, goles y jugadas de pared, a ese campeón del mundo que llegaba como un fantasma dispuesto a asustar en Brasil lo exorcizamos con la gambeta de Campbell, el cabezazo de Duarte y las manos salvadoras de Navas.

Ahí ya todo estaba hecho, ese grupo le había dado una alegría enorme a un país, tenían saldadas todas las deudas con nosotros, ya eran nuestro héroes, independientemente de que nos destrozaran los siguientes rivales, habían callado a los que nos dijeron "Costa Pobre", a los que nos creyeron "Cenicientas".

Pero para ellos no bastaba, no era suficiente, querían inscribirse en la historia, superar Italia 90, darle a los jóvenes recuerdos diferentes a los que se encuentran en hojas amarillas de libros o videos mal editados en la web.

Por eso le dieron una cachetada a Italia, una cucharada de su propia medicina, los amarraron con impecable trabajo táctico, con Campbell, Ruíz y Bolaños ejerciendo como marcadores cuando no se tenía el balón, con Tejeda, Díaz, Duarte y González lanzándose a los pies de cualquier italiano que intentará acercarse al área.

Aquel monstruo seguía hambriento y se devoró otro gigante, lo hizo con un gol de su capitán, de Bryan Ruíz, ese al que la afición pedía fuera por sus constantes lesiones, el que nunca se arrugó, el que decían no tenía voz de mando, el que desde su garganta nos hizo explotar en júbilo con su gol, porque la anotación fue de Bryan pero llevaba detrás el sentimiento de cuatro millones de ticos, sabía a revancha, a gloria e historia.

Detrás de un teclado esta es mi forma de darles las gracias en nombre de un país, de abrazarlos y llorar con ustedes, por hacernos salir a las calles a celebrar, a llenar las portadas de todos los diarios del mundo y recordarle al mundo que nuestro único ejército se viste de pantalones cortos y zapatos de fútbol.

¡Hoy somos parte de una nueva historia porque no tuvimos miedo! Hoy queremos más porque esto apenas empieza