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Max Meoño y Jorge Lépiz, son dos estudiantes de acordeón muy diferentes, sin embargo, no todo en ellos es distinto.

Max tiene 10 años de edad, y desde el primer momento en que en su casa vio un acordeón, el instrumento le llamó poderosamente la atención.

Don Jorge, aunque también le llamó la atención el instrumento cuando era un niño, por un conjunto que había cerca de su casa, no se metió a clases, pero como nunca es tarde, y ya está tocando el acordeón.

Ellos forman parte de la escuela de música de doña Rosalia, una acordeonista de las buenas, que ahora trabaja con su familia por rescatar este instrumento.

Para que ese mágico sonido no se pierda en el tiempo, esta familia desarrolla un proyecto llamado rescatando el acordeón en Costa Rica.

Dan clases personalizadas, y ahí la edad es lo de menos.

En ellas se desarrolla una habilidad manual y musical envidiable y revive la voz del pasado, si le llama la atención no dude en sumarse a este proyecto.