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Minor Ortiz y un grupo de indígenas fueron atacados en enero pasado por una turba de hombres blancos armados. A él le pegaron un balazo en la pierna y lo marcaron con una platina caliente, cuya cicatriz apenas empieza a desaparecer.

La causa es una pelea que ya dura quinientos años entre blancos e indígenas, y que tiene como disputa las tierras. Los no indígenas son los dueños de las principales tierras de la reserva indígena, una tierra montañosa sin caminos adecuados y olvidada del mundo.

Ganado se ve poco. Potrero de deforestación sí se ven por todo lado.

Ahí se encuentral la casa y la finca, 30 hectáreas en disputa donde el indígena ha vuelto a levantar su rancho y donde apenas ha empezado a cultivar unas yuquitas.

El día del ataque, Marcos Obando estaba con ellos. A él le cortaron dos dedos de su mano derecha que ahora no puede cerrar del todo. Literalmente maneja el machete con solo tres dedos. Y eso hace que ya no pueda trabajar como antes.

Además de la economía de subsistencia, los indígenas son contratados como peones en su propia tierra. Ganan unos 3.000 colones tres veces a la semana, es decir, unos 40.000 por mes. Con eso no cubren siquiera el costo de la canasta básica. Es decir, es gente que vie en pobreza extrema.

Camino adentro se encuentra Río Azul. Donde tienen iglesia, una nueva escuela de tres aulas y un comedor. Todos los niños son bribris, pero reciben las clases en español. Su propio idioma lo estudian una vez a la semana en esta aula.

Su maestro de cultura habla de las dificultades.

Por el índice de pobreza humana, Buenos Aires es el quinto cantón más pobre del país. Le siguen Golfito, Corredores, Osa y Coto Brus, todos los de la región Brunca.

Pero aquí no solo los indígenas son pobres.

Maritza Lara trabaja desde hace unos meses en el programa “Manos a la obra” del IMAS. Recibe cien mil colones al mes por seis horas de trabajo comunal diarias, durante cinco días de la semana. Ahora, junto con otros beneficiarios del programa y algunos vecinos están pintando la escuela de Paraíso.

Con el dinero que le da el programa, ella ha comprado unos cerdos y piensa obtener un ingreso de su chanchera.

Una ayuda anterior le ayudó a comprar unas terneras que cría en su finca cercana. A punta de esfuerzo ya tiene su corral y unas ocho cabezas de ganado. Quizá todo ese esfuerzo le permita cambiar su situación económica en unos meses.

Por ahora, esos cien mil colones y unos 180 mil que su marido se hace trabajando en las piñeras son todo el ingreso para mantener a una familia de nueve miembros.

Su vecino Eduardo Quirós, tiene una situación similar. Él tiene también un terrenito pero no tiene ganado todavía. Este es de un familiar, y él se encarga de cuidarlo.

Con ese trabajo de jornalero, él se redondea entre quince mil y veinte mil colones al mes.

El resto son ayudas de sus hijos mayores y las becas de estudio de sus hijos que se estiran como una cobija.