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Mientras que en Kingston, Jamaica, Jair Marrufo finalizaba el encuentro entre Costa Rica y los Reggae Boyz, un país entero fijaba su mirada a los televisores y pegaba oídos a los radios.

El camino a Brasil pasaba por una victoria o un empáte de Honduras ante Panamá.

El Tiburcio Carías en Tegucigalpa se vestía de esperanza tica, lejos quedaban los recuerdos del infierno que se vuelve jugar en la casa de los catrachos.

Honduras ganaba al arranque de los segundos 45 minutos, pero tras cinco minutos Gabriel Torres empata el juego.

Seguíamos adentro, pero los fantasmas de la fatídica noche en Washington, hace cuatros años, espantaban hasta a los más pintados.

Queríamos empezar a comprar pasajes a Brasil este martes 10 de setiembre, no queríamos depender del 10 de octubre, fecha en que visitamos a los hondureños.

El Mundial lo queríamos hoy, y un descuido en el minuto 93, que paralizó a Pemberton y ahogó miles de gargantas nos obligaban a vestir la H en el corazón.

Es fácil imaginarse las uñas desapareciendo de los dedos, los pasos nerviosos por las salas de las casas, mientras los canaleros empujaban en búsqueda de los tres puntos.

En medio de la oscuridad de un día de tormenta, que dejó como principal víctima los puentes modulares de la Circunvalación, Wilson Palacios se vistió de esmoquin y sombrero de chistera.

El habilidoso mediocampista recibió en el corazón del área de Panamá, su celador Felipe Baloy.

Para quienes no lo conocen Baloy es el pilar de la defensa panmeña, una mole a la cual se podría confundir con un jugador de la NFL. Recio en la marca, imposible de pasar en la mayoría de las situaciones.

Pero Palacios buscó en su repertorio, encontró clase suprema y tiró una horqueta. Corrió por el lado de un pasmado Baloy y tocó como una deidad, suave y por encima de un Penedo que se jugaba la vida en el achique.

¡Estamos en Brasil! Gritaron millones.

Pero con La Sele nada es así de fácil. Esta vez nos tocaba sufrir en territorio extranjero.

Con vértigo Panamá buscaba el empate y los tantos que los mantenían en la carrera mundialista, al 92’ Chen empató los carteles.

Dos minutos después Mark Geiger decía que era suficiente y con tres pitazos marcaba en los anales un empate entre Honduras y Panamá, y la cuarta clasificación tica a la Copa del Mundo.

En Costa Rica miles se abrazaron, miles celebraron, miles lloraron y se abrazaron.

En un camerino del Estadio Nacional de Kingston Celso Borges gritaba “¡que parida!”.

Nos fuimos para Brasil.