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En el corazón de un bosque en el centro de Francia, un radiotelescopio de última generación acaba de lanzarse con la tarea de sondear los desconocidos inicios del Universo, gracias a un sistema ultrasensible de detección de muy bajas frecuencias.

Al ingresar en la estación radioastronómica de Nançay, el visitante debe activar el modo avión de su teléfono con el fin de respetar el silencio total que reina en el sitio, gracias a los árboles alrededor.

En el claro, junto al Gran Radiotelescopio inaugurado por Charles de Gaulle en 1965, un campo de casi 2.000 pequeñas antenas fijas, parecidas a las varillas de un paraguas, fue inaugurado el jueves con gran pompa.

Su nombre, NenuFAR, un instrumento que se suma al parque de radiotelescopios de nueva generación que sondean las bajas frecuencias, un ámbito todavía poco explorado pero que genera grandes expectativas entre los científicos, deseosos de desentrañar los misterios de los orígenes del Universo.

"Es increíble nuestra ignorancia sobre el Universo más joven... ¡Tenemos que saber!", afirma Jocelyn Bell, una astrofísica británica conocida por haber descubierto el primer pulsar, los astros muertos que giran alrededor de si mismos.

El Universo está compuesto principalmente de hidrógeno, que emite frecuencias. Como está en expansión, el espacio entre los objetos se extiende y las longitudes de onda se estiran. Cuanto más se remonta al pasado, más se alargan las señales emitidas por el hidrógeno y más sus frecuencias disminuyen.

El primer instrumento que cubrió las frecuencias bajas y medias, el LOFAR, concebido en los años 2000 en Holanda, cubre hoy en día un espectro de frecuencias de entre 30 a 250 MHz. 

El NenuFAR, que está conectado con la red de antenas de LOFAR, es capaz de detectar frecuencias situadas entre 10 MHz y 87 MHz, es decir, por debajo de la banda FM. Se trata además de las más bajas detectables en la Tierra. Si se quisiera descender más, habría que viajar al espacio o a la Luna.

Primeras estrellas

Esta enorme sensibilidad promete reconstruir la historia del hidrógeno en el Universo y observar el alba cósmica, un periodo desconocido situado alrededor de 600 millones de años después del Big Bang, que data de 13.800 millones de años. En ese momento se iluminaron las primeras estrellas en el seno de las primeras galaxias, mucho antes de la formación de los primeros planetas.

"Si miro una clase con alumnos, es como si pudiera remontar el tiempo y ver sus diferentes etapas de su vida, o como si un arqueólogo pudiera ver una imagen de la antigua ciudad de Pompeya", ilustra Stéphane Corbel, director de la estación de radioastronomía del Observatorio de París en Nançay. 

"La astrofísica permite observar longitudes de ondas diferentes y por lo tanto contar con una evolución temporal de los objetos, que dejan rastros que permanecen activos en el espacio", agrega Corbel.

Los científicos anticipan otros hallazgos gracias a NenuFAR, con una quincena de proyectos entre manos desde el inicio de sus observaciones, en julio. 

"Espero detectar la señal de radio de los exoplanetas (fuera del sistema solar, ndlr), que dará acceso a su campo magnético, a la posibilidad de albergar vida, las interacciones con sus estrellas...", explica Philippe Zarka, responsable científico de NenuFAR.

"Quizá podríamos observar también relámpagos en Venus, cosa que respondería a la controversia" que divide a los científicos, según el investigador.

Un receptor especializado participará a su vez en la búsqueda de inteligencia extraterrestre en el marco del programa SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence).

Se prevé que NenuFAR empiece a ofrecer sus primeros resultados significativos a finales de año.