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La protesta nació por el acuerdo del gobierno de aumentar los pasajes de autobús en aproximadamente cincuenta colones. Parece poco, pero contrasta con unos precios que ponen a los autobuses entre los más caros del mundo y un servicio agotado y obsoleto.

En Sao Paulo, la ciudad más grande, 4,5millones de pasajeros tienen que viajar en las 16.000 unidades de buses, muchos de ellos viejos e insuficientes, a un precio equivalente a 700 colones.

Pero el precio de los autobuses fue solo una excusa.

Un país rico lleno de pobres, así es Brasil. Pero en los últimos años, la pobreza ha descendió en 27 millones de personas. Más de la mitad de la población recibe algún tipo de ayuda del gobierno.

Pero son las clases medias las que están desprotegidas y las que se lanzan a la protesta.

El gobierno respondió al comienzo con mano dura. Los antiguos votantes se convirtieron en delincuentes o forajidos. De pronto, Dilma Roussef, la presidenta, no solo cambió de discurso sino que además no envió a las tropas de la represión.

En Brasilia, sin embargo, la policía desalojó a los que habían tomado la sede del Congreso. En Río, los policías dispararon al aire y en Sao Paulo utilizaron chorros de agua.

En una sola noche, Roussef, uno de los mandatarios con más prestigio, vio bajar su apoyo popular 60 y resto por ciento al 57%.

Una prueba de fuego para el gobierno de izquierda del país más grande de América Latina.