Última Hora

Quien la ve caminar con tanta facilidad por el monte no podría imaginar que Eulalia carga en su espalda y en ese bastón improvisado, más de 90 años.

Y es que eso de moverse con facilidad y usar botas de hule es obligatorio para lograr llegar o salir de su casa, que queda bajando un barreal. 

Para dicha de Eulalia no vive sola, la acompañan su hija Teresita de 54 años y Rafael Ángel de 50. 

Entre los tres sobreviven en un sector de Monterrey de Rivas, en Pérez Zeledón donde los vecinos se cuentan con una mano y sobran dedos. 

110 mil colones de la pensión alcanzan apenitas para pasar con lo mínimo.

Eulalia es poco lo que puede hacer en la casa, no se le puede pedir tanto a 90 largos años. Teresita asume todas las tareas de la casa con una mano, pues la otra se quebró y cómo nunca no fue al hospital con los años se secó y perdió la movilidad. Algo parecido le pasó en la pierna, fue al hospital pero la enyesaron mal, la pierna se quedó como dicen "tiesa" y ya no tiene nada de músculo. 

Aún y sin una de las manos y con la pierna en ese estado, se encarga de cocinar, lavar y atender a su mamá. 

En el caso de Rafael, hace algunos años, tras caerse de un árbol, empezó a padecer una serie de enfermedades mentales y si bien ahora está medicado, casi no habla y pasa todo el día haciendo labores de campo. 

La casa es propia pero está, literalmente, cayéndose. Las hendijas del piso son enormes y cuelan con facilidad agua y frío, un tremendo frío que caracteriza las tardes y noches en esta zona, claramente eso no le hace a ninguna persona pero menos a una adulta mayor de más de 90 años.

Quizá las malas condiciones sean al final de cuentas lo que mantiene a doña Eulalia como si tuviera unos 20 menos, lo decimos, porque no es cualquier viejita la que aguanta la caminada diaria por el monte para ir hacer sus necesidades, porque sí, en esta casa tampoco tienen servicio sanitario. Y si de bañarse se trata, tienen que jugársela con un balde. 

Los zapatos viejos y desarmados delatan a gritos la vida que llevan. Pocas, o quizá ninguna alegría se asoma en esta casa desde hace décadas.

Un pacto honrado con la paciencia es para doña Eulalia el secreto de una vejez, en medio de lo que cabe, tranquila. A ella no la atormenta que con sus años, la vida aún la tenga esperando algo mejor.