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Llegamos a la reserva indígena de Ujarrás, a una media hora en carro desde Buenos Aires. El vehículo llega hasta un punto de la montaña y en adelante, para llegar a la casa de los Zúñiga Fernández, hay que tener paciencia y una buena condición física.

Atravesar el trillo empinado, varias quebradas y unas bajadas de cuidado, nos toma al menos media hora más. A lo lejos ya divisamos la casa de la familia.

Ellos son Juana Zúñiga, de 44 años, y sus dos hijos, Gerardo de 18 y María de 14. El vecino más cercano vive a media hora de aquí. No necesitamos estar mucho tiempo para percibir la tremenda soledad en la que sobreviven.

Lo que tienen por casa es menos que un rancho. Y aquí no hay nada de nada. No tienen un sillón ni una mesa, ni siquiera trastes. No hay piso, no hay cobijas y aunque tienen unas camas hechas a mano por el muchacho, no tienen colchones. Sólo está la espuma de doña Juana, los muchachos duermen sobre una sábana encima de las tablas.

No hay agua potable, no hay luz. Ni siquiera tienen comunicación con nadie. Es la pobreza más extrema de la que hemos sido testigos.

Hace más de una década, doña Juana empezó a tener problemas musculares, de los que no hay mayor explicación, pues no hay un médico que llegue hasta su casa, y sacarla alzada es imposible.

Lo cierto es que el mal que la aqueja le robó toda la movilidad, y aunque su mente está intacta, se le hace difícil hablar, sobretodo en español pues se maneja con mayor facilidad en cabécar.

“Ella era normal, igual que yo o que todos, pero le agarró una enfermedad que la fue dejando así. Ella caminaba bien, usaba un bordón, luego no podía ya caminar así y tenía que llevarla entre dos. Luego quedó así ya, como está, ya no puede caminar, movilizarse sola”, cuenta Gerardo.

Desde hace años que el papá los abandonó, son 75.000 colones de la pensión de doña Juana el único ingreso a la casa.

Gerardo es el encargado de salir hasta Buenos Aires de Puntarenas, una vez al mes, a comprar la comida, que básicamente es arroz, frijoles, café y a veces azúcar.

Los dos muchachos fueron a la escuela y pese a que añoran ir al colegio eso no es posible, primero porque no hay dinero para nada más que medio comer, y segundo, las clases terminan entre 3 y 4 de la tarde, sólo mientras suben de Ujarrás a Zapotal ya sería de noche y de ahí les faltaría todavía el trayecto del trillo por las fincas.

Lo tercero es que no pueden dejar a su mamá sola. Doña Juana depende de ellos para todo. Para comer, para moverse, para sentarse y levantarse de la silla, para acostarse y obviamente para bañarse.

Aún si doña Juana no requiriera ayuda de Gerardo y María, en la zona cercana no hay trabajo, ni siquiera ven gente. No son pocas las veces en que no ven ni de lejos a otra persona en las cercanías del rancho.

Cuentan que cuando llueve el agua corre de lado a lado del rancho, la ventaja es que no tienen nada que se moje.

El ladrido del perro es lo único que a ratos rompe el desgarrador silencio en el que viven. La soledad es casi desesperante.

Doña Juana pasa horas en su silla vieja y torcida esperando que anochezca, y luego esperando que sea de nuevo vuelva amanecer. Gerardo y María, siempre a su lado, pero siempre en silencio esperan igual que pase un día tras otro. Es necesario esforzarse por no perder la cuenta de qué día estamos.

Para mayor información, comuníquese al teléfono 8350-5666.