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María Fernanda nació con parálisis cerebral. No habla, no camina y no controla algunos de sus movimientos. Con ella vive su mamá Alicia, quien padece esquizofrenia y otros problemas mentales, y su abuela, Olga Marta Valverde, que es sorda.

La casa de estas tres mujeres stá volcada, no es un afecto visual, y más bien podría ser una metáfora de todo lo que adentro se vive. 

El mayor problema no es la parálisis de María Fernanda, la esquizofrenia de Alicia, ni la sordera de doña Olga. Su dificultad son las condiciones en que viven.

La casa está en una alameda de Los Cuadros de Purral de Guadalupe, y no, tampoco es la inseguridad su mayor problema.

El reducido espacio es lo verdaderamente complicado. Comencemos por algo tan básico como dormir. Cada día cuando llega la noche toca acomodarse, las tres en una cama individual.

A la primera que acomodan es a María Fernanda, que va al fondo; al lado se acomoda la abuelita y como no queda más espacio en el colchón, a Alicia le toca dormir en los pies, no sin antes encomendarse todas a su dios.

La noche la pasan a como puedan y en la mañana nada es más fácil. La puerta del baño es muy estrecha y ni María Fernanda ni la silla logran pasar, de modo que toca la bañada en la misma cama donde durmieron.

Doña Olga calienta agua, la jala en una olla y en la cama, entre la abuela y la mamá, se la juegan para bañarla. A ellas les tocará asearse con un balde en el espacio que queda detrás de una pila.  

Una vez bañadas, empieza el calvario de sacar a la más pequeña del cuarto, hay que levantar la silla de ruedas y sortear de un lado para otro para lograr sacarla del pasillo a la cocina, que es el espacio que completa la casa.

Ahí pasa el resto del día María. La mesa es para comer, pintar y a veces entretenerse con algún programa, eso cuando al tele se le antoja prender.

Como la mesa sólo tiene una silla y poco espacio, a doña Olga y a Alicia les toca comer de pie.  Comer es justamente lo otro que no es fácil aquí. El único ingreso es una pensión de 150 mil colones.

“Pago la luz, pago el seguro y compro las mantillas. Yo compro dos paquetes y dura cinco días”, cuenta doña Olga.

Después de esos gastos lo que quedan son 10.000 colones por semana para comprar la comida, que por supuesto no alcanza ni para lo básico. Toca pedir fiado en la pulpería y cuando ya tampoco les dan fiado, doña Olga acude a pedir ayuda. 

Pensar salir de la casa requiere de más trabajo conjunto. La que más resiente tanto trabajo es la espalda de doña Olga que no hay faja que le quite el dolor.

Y es que tal vez otra silla facilitaría la movilización, pero la que tiene María Fernanda es pesada, vieja, tiene reparaciones de madera que le agregan aún más peso y la parte donde la sientan es un pedazo de espuma con una alfombra.

“Tengo un desgaste en la columna y aparezco enfermita de alzar a Fernandita para alzarla y cambiarla. Cuando yo me voy a acostar, yo la siento y yo la alzo. Para bañarla yo agarro la fajita y la siento en la silla, y me dice “mami, me voy a caer”, entonces la alzo para afuera. No aguanto la columna”, contó.

El mal y peligroso estado de la casa, el reducido espacio, la falta de comida y de espacio cómodo donde dormir, el tener sólo un par de zapatos de hule. Nada de esto le quita la fe a esta familia de mujeres, que el poco espacio que tienen está abarrotado de vírgenes, cristos y rosarios.

Uno supone que en condiciones así lo único que las mantiene en vivas es la esperanza de que algún día, de alguna manera, las condiciones serán mejores.

Para mayor información, comuníquese al teléfono 8350-5666.