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Pese a obstáculos que parecían insalvables, la oposición trituró al chavismo en las elecciones venezolanas. Pese a los malos augurios, el Gobierno reconoció la derrota.

Se abre una nueva era. La gran incógnita es su rumbo.

Este martes el consejo electoral concedió 112 diputados a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y 55 al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).

Con tal mayoría calificada, la oposición podrá tendrá la posibilidad de convocar a una constituyente y de remover a los magistrados de la Corte Suprema.

Usar bien su nuevo y merecido poder, en un entorno sumamente difícil, será el gran reto.

Si lo maneja con una orientación revanchista, podría generar crisis prematuras, promover el atrincheramiento chavista y perder apoyo popular.

Si genera un adecuado balance entre renovación, transparencia, control presupuestario, conciliación social, legalidad, despolitización institucional y apertura al diálogo, estimulará a las facciones más moderadas del oficialismo y propiciará un cambio más sostenible.

Su otro reto será mantener una razonable cohesión interna. Enfrentar a un enemigo común genera unidad; tratarlo como adversario, interactuar con él y definir el curso de las iniciativas políticas, estimula las diferencias.

Si una cierta división –o, al menos, diversificación- del MUD es muy posible, la del PSUV parece inevitable.

Nicolás Maduro, presidente de la República, y Diosdado Cabello, de la Asamblea Nacional, son los grandes derrotados. Ya algunos “compañeros” piden sus cabezas, preludio de luchas que podrán debilitar su control, dispersar su bancada parlamentaria y liberar a otros funcionarios.

Aprovechar estas coyunturas con una actitud propositiva, pero también vigilante, podría, al fin, abrir el camino para una irreversible transición democrática.

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Eduardo Ulibarri es periodista y diplomático. Acaba de publicar el libro La ONU que yo viví.