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El dolor de cabeza que la aqueja no es para menos. Doña Nuria Solórzano, a sus 69 años, es cabeza de la familia que conforma con su hija Kattia, de 43 años que tiene un retardo mental leve, y su nieto Cristopher, de ocho años.

Aquí toca hacer milagros con los 75.000 colones mensuales de pensión con los que hay que cubrir el alquiler de 40.000 colones y 10.000 de agua, de manera que lo que queda para comer no supera los 25.000 colones mensuales. Es decir, por día tienen menos de mil colones para comer los tres.

Para la mayoría de personas el dormir es un placer, pero en esta casa poco falta para que sea tortura. Sólo hay una cama, de tamaño individual para los tres. No hay que agregar mucho para imaginarse la incomodidad, más si le sumamos que no tienen colchón, sólo una espuma.

El cielorraso existe sólo en algunas partes, la instalación eléctrica da miedo y las paredes están repletas de plásticos para tapar los huecos.

Cristopher es un estudiante de cuadro de honor, y eso vale el doble cuando consideramos que no tiene un espacio donde estudiar, no tiene dinero para materiales y ni siquiera cuenta con ayuda para estudiar; su abuela y su mamá con miles costos logran medio leer.

Es que la pobreza es tan extrema que Cristopher no puede siquiera cumplir con el reglamento de tener el pelo corto.

Volviendo al tema de la casa, es más que evidente que es muy pequeña. Un solo espacio, por ejemplo, es cocina, cuarto de pilas y también tendedero de ropa.

La lavada de trastes y ropa es todo un dilema. La pila es multiuso, pero ese no es el problema, sino que el desagüe no va a ningún lado. Toca poner una tina y cada vez que se llena, aunque pese un mundo, hay que llevarla hasta el baño.

La incomodidad, la carencia y hasta el hambre han sido parte de la familia desde que doña Nuria tiene memoria.

Aquí los años pasan sólo con penas y nada de glorias. Tesoros no tienen, lo más cercano son los recuerdos de su equipo favorito.

Doña Nuria intenta llevar el peso de cada día y algunos solo se iluminan cuando puede ver ganar a su Liga, como ella lo dice.

Cristopher también es fiebre del fútbol. Dos metros de patio y una bola vieja son suficientes para matar la fiebre. Y pese a que sólo tiene ocho años cuando le preguntamos por su pedido al niño dios, la lista no incluye bolas ni tacos.

Él solo añora un sitio con “menos suciedad” y más espacio.

Cuando se tienen tan pocas cosas materiales se aprende a valorar, y sobre todo a agradecer, cada cosa que la vida les ha dado.

Pero en esta casa lo que falta en dinero sobra en carácter. Doña Nuria no se echa a morir, afirma que cada día se siente agradecida con Dios por dejarla vivir y porque, aunque con un fuerte dolor de huesos, puede caminar.

Para mayor información, comuníquese al teléfono 8350-5666.