Última Hora

En medio del paisaje de Santa Ana de Nicoya encontramos una casa que es, literalmente, un cuadro de latas de zinc, medio puestas.

Y no mentimos cuando decimos que esta es la mejor parte de su estructura. El resto de la casa es piso de tierra, un fogón improvisado afuera y el servicio sanitario de hueco, con papel periódico es lugar de higiénico, también está afuera.

Calificarla como casa, quizá es un sustantivo que le queda grande, pero definitivamente este sí es un hogar. El hogar de doña Ángela y sus dos muchachos: Alexander, de 17 años, y Kendall, de 16.

Las latas de zinc incrementan el de por sí agobiante calor de Nicoya, y como si fuera poco, como no calzan a la perfección, cuando llueve son paso fácil para el agua. Las decenas de "tapones" de papel pierden siempre la guerra contra la fuerza del aguacero.

110 mil colones es el aporte mensual del papá de los muchachos. Y con eso hay que comer, pagar recibos, y cubrir las exigencias del colegio de ambos. No hace falta una calculadora para darse cuenta que cuesta hasta cumplir con la comida.

“Para mí no hay problema. Si es poquito no importa, si es solo arroz y frijoles no importa, si es arroz, frijoles y huevo no importa, repetir y repetir no me importa, con tal de tener algo de comer”, reflexiona Kendall.

La ausencia de una nutrición adecuada golpea sobre todo a Alexander, quien padece una anemia aplásica, que es un trastorno de la sangre poco común pero grave.

Él cuenta que en su sangre “no existen las suficientes plaquetas que resistan alguna enfermedad, un virus”, eso le genera “cansancio, el cuerpo se agota demasiado, si hay una gripe alrededor es muy fácil que me contagie”.

Su condición médica, además de producirle una debilidad extrema, los obliga a él y a su mamá a viajar al hospital en San José cada quince días para que le cambien la sangre.

En estas condiciones de salud y de mala alimentación, los dos son buenos estudiantes. Caminan a diario un par de kilómetros para tomar el bus que va al centro de Nicoya. Alexander aprovecha que Kendall es más fuerte y no está enfermo y no pocos días lo agarra de bastón. Hacen lo que sea para no faltar a clases.

“Cuando llueve ese es el problema, porque la quebrada se llena, entonces yo me lo tengo que echar al hombro (a Alexander) y pasarlo”, explica Kendall.

Ser buen estudiante es estas condiciones es de admirar, no tienen una mesa donde hacer tareas, van a punta de libros prestados e inclusive tienen que compartir uniforme.

Aquí los lujos no son ni un lejano anhelo, en lo que sí coinciden es en la necesidad de un techo en mejores condiciones.

Doña Ángela dice que “solo son cuatro paredes, pero eso incluye más calor, más unión, la salud, hay cosas que se mejoraran con un poquito de calidad de vida, eso es realmente: calidad de vida”.

Kendall no pide nada para él, pero piensa en “una casa, que tenga un piso donde sentarme con él y estar ahí, hablando; paredes de cemento, un techo mejor. Mejores condiciones más que todo para él y para mí mamá, a mí no me importa lo que me pasa a mí”.

Aunque nunca ha podido darles nada material, esta mamá ha llenado de amor el corazón de sus hijos. Y eso definitivamente no se compra con dinero.

“Los tengo a ellos dos y ellos me tienen a mí, de ahí saco fuerzas. Siempre me ha tocado luchar, desde pequeña sé lo que es luchar, en el campo, con mi familia, entonces es empezar de nuevo”, asegura.

Pese a que la realidad de todos los días los obliga a poner los pies literalmente sobre la tierra, la esperanza se niega a abandonar del corazón, y en lo profundo hay una fe que los sostiene.

Doña Ángela lo tiene muy claro: “seguir adelante, sonreír, luchar; yo sé que mis hijos pueden, que nos vamos a tropezar, pero nos vamos a levantar también. Como le dije a ellos, mi fe es la que me sostiene día a día”.

Para mayor información, comuníquese al teléfono 8350-5666.