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No provenía de la realeza pero quizá es el nacimiento más celebrado en nuestra historia. No provenía de una tradicional familia cafetalera, pero sí del campo... de Tronadora de Tilarán.

No era el primogénito de un hombre poderoso, sino el quinto hijo de una vendedora de comidas y un sastre. Se trata de Helbert Núñez, el costarricense que le permitió a nuestro país alcanzar la cifra del millón de habitantes.

Hoy Tronadora ya no existe, se encuentra inundada por la laguna Arenal, pero este poblado fue el primer hogar de Helbert.

Su hermana Idalia conserva los recuerdas de aquella infancia en el campo. “Nos íbamos a apear manzanas y a robar jocotes, me enseñó malabares como dicen de hombre”.

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La tía Mima afirma que la familia intentó establecerse ahí, pero la situación no fue favorable, por eso se fueron para San José.

Ya en la capital, el pequeño Millón no olvidó una de sus pasiones: los caballos

“Los domingos se iban desde Alajuelita a Plaza Víquez, porque ahí el señor alquilaba caballos, la felicidad era irse y venir en caballo aunque tuvieran que trabajar todo el día”, contó Yenni, su hermana.

La casa prometida, la beca para estudiar y los beneficios de ser el niño millón nunca llegaron. 

“Se solicitó la ayuda que le habían ofrecido, pero lo que le contestaron a mi papá fue que ya él (José Figueres) no estaba en el Gobierno”, afirma Yenni.

Vea: ¿Cómo recibió Costa Rica al bebé un millón? 

A los 14 años, Helbert y su familia debieron afrontar la muerte de su padre, él tuvo dejar el colegio. Repartió pan, aprendió a conducir y al cumplir 18 comenzó a manejar un taxi, ese oficio se convertiría en una de sus pasiones.

Con 98 años a cuestas, en Pocora de Pococí, doña Elisa sigue esperando a Helbert. Hace más de 15 años se fue y aún no regresa.

“Viera la falta que me ha hecho. Hay noches que sueño que me ha traído un montón unas bolsonas así de uvas, y de manzanas, racimos de plátano grandotes. Vieras qué sueños más lindos, de estar esperándolo”, dice con su añoro a flor de piel.

Desde el año 2000, Helbert Núñez decidió irse. En busca de nuevas oportunidades, dejó el taxi, a su madre y su tierra para rehacer su vida en Nueva Jersey, específicamente en Trenton.

Viajamos más de 6.400 kilómetros para llegar a su casa, en el número 712 de la calle Roebling.

Allí encontramos a un costarricense que añora poco de la tierra de la que salió hace casi 16 años, a un hombre que formó una familia y ha criado dos hijos que apenas mastican el español

Lejos de conducir un taxi como lo hacía en San José, hoy Helbert es un experimentado ‘roofero’. Cada mañana sale de su casa para subirse a reparar peligrosos techos, no importa si hay altas temperaturas, si llueve o hay tormenta de nieve.

Hoy, con cierta nostalgia recuerda las historias de su nacimiento. “Cuenta mi mamá que al otro día se escuchaba un ruido, música y algo grande que venía de camino, y cuando se dieron cuenta estaban inundados de periodistas y medios de comunicación”, relató.

Muchos de los regalos prometidos nunca llegaron, aunque Helbert recuerda uno con mucho cariño

“Era un carrito como de bomberos y tenía detrás un elefantito y conforme yo lo iba movilizando sonaba un tamborcito. Tengo muy buenos recuerdos de eso”.

A este hombre de cabello gris por sus canas, de más de metro ochenta de estatura, manos de campesino y una piel bronceada por el sol de las extensas jornadas de trabajo, aún lo sigue la sombra del momento en que nació, aquel 24 de octubre de 1956.      

Carlos Agüero, uno de sus compañeros de trabajo, dijo que cuando supieron de su apodo creyeron que se debía a “que se había pegado la lotería, y nos contó la historia, interesante”.

“La gente se confunde creen que porque me dicen millón tengo dinero, o que me gané la lotería o que soy millonario, pero yo les explico. El hecho de que fuera el niño millón, mi madre siempre me inculcó que estudiara, que me preparara, esa fue la idea mía, porque yo era el niño millón supuestamente alguien muy importante en Costa Rica”, agrega Helbert.

Ese día nacieron 153 costarricenses que acaban de cumplir 59 años, pero solo uno fue festejado, solo uno recibió muchos premios y también promesas.

“Escuché solo lo que decían mis padres, que el niño iba a tener casa, que iba a estudiar, que los estudios iban a ser gratuitos, que le iban a dar seguimiento al niño millón para que esta persona fuese alguien importante, pues nadie nunca me comunicó nada”.

La música, el baile y un taxi. Millón dejó atrás algo más que su familia.