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Sin hijos, sin esposas, sin más familia, sólo con 70 y tantos años encima cada uno. Ramiro y Jorge Boza son hermanos y, como dicen, solterones.

Toda su vida la dedicaron a trabajar como peones hasta que la vejez llegó. Y lo hizo con toda su crudeza. Sin un techo propio y ya sin fuerzas para trabajar, quedaron a la intemperie y la mejor opción, por lo menos la única que tuvieron, fue una bodega en una finca de Florencia de San Carlos.

Dormir ahí les cuesta 20.000 colones cada mes. De entrada quizá no suena mucho dinero, pero se complica si consideramos que la pensión que reciben es de 75.000 y además del alquiler les toca pagar 11.000 colones del recibo de luz.

El espacio que alquilan no es la bodega entera sino sólo un cuadrito junto con el fogón donde cocinan. El espacio es reducido y hay aprovecharlo hasta para tender ropa, de todas formas tampoco  tienen mucha.

Pese a que con los años la espalda es una de las cosas que más duelen, Ramiro y Jorge, lejos de un buen colchón, se las arreglan con unas espumas forradas, que como todo en su humilde hogar, llegaron como regalo de alguien que ya no las utilizaba.

Solo tienen una pila, en la que tempranito alistan comida y lavan trastes, pero más tarde es para lavar y escurrir ropa a mano. La mayor parte de los quehaceres domésticos los cumple Jorge, no sólo porque es tres años menor y eso le da un poco más de fuerzas, sino también porque Ramiro, meses atrás, sufrió una quebradura de cadera que ahora no lo deja hacer muchas cosas.

Se quebró un día que regresaba del baño. Y es que no les queda cerca, no para su edad, tienen que caminar como 30 metros sobre un trillo que no es necesariamente amable para moverse con bastón.

Es un milagro que no se haya quebrado antes en este lugar donde el peligro no está sólo en el servicio sanitario.

Pensar en navidad, más que alegría, les produce una tremenda nostalgia, de todo lo que nunca han vivido, lo que ya probablemente nunca vivirán.

Jorge y Ramiro no niegan el dolor que les produce que el ocaso de la vida los tomara en estas condiciones, y aunque tienen claro que ya el tiempo se acabó, añoran una casa que les pertenezca, una que tenga en la escritura su nombre y apellido.

Los años no pasan en vano, se llevaron su vitalidad y fuerza, y trajeron indiferencia y olvido.

Por el momento “Oso”, su perro, y los anhelos de una vida más cómoda son su única compañía. Los años que jorobaron sus espaldas han pasado sin dejar mayor fortuna más que la de tenerse el uno al otro.

Para mayor información, comuníquese al teléfono 8350-5666.