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Cansados del estrés de la ciudad, agarramos los chunches y nos fuimos para Turrialba, donde turisteamos durante dos días y entendimos que en este hermoso lugar, la aventura hace una perfecta sinergia con la relajación, y que la naturaleza tiene el poder de abrazarnos hasta enamorarnos.

Las montañas turrialbeñas son sitios idóneos para realizar deportes extremos. Y aunque son extensas, aquí no hay campo para los problemas.

Para iniciar el tour, caminamos diez minutos montaña arriba, mientras las chicharras nos daban un concierto.

Empezamos con canyoning, que consiste en descender en rapel por una cascada. No es difícil, cualquiera lo puede hacer. Aunque tiene su técnica.

Nos encantó, las inmensas rocas bañadas por agua cristalina nos refrescaron el alma y de paso los músculos se ejercitaron, un complemento delicioso.

Para secarnos, nada mejor que sentir la brisa fresca en la cara, esa que permite el canopy, este cable de 250 metros de libertad.

Y después de secarnos más agua, pero con un poco de vuelo. Uno va súper seguro con el arnés y solo hay chance de disfrutar el momento. Caímos en una catarata de agua fría que masajea la espalda, un spa natural.

Ah, y después del sacrificio que tuvimos que hacer para disfrutar en las bellezas de Explonatura en Turrialba, merecíamos relajarnos.

Viajamos unos 40 minutos y llegamos a Atirro, donde nuestra recompensa olía a chocolate. Sí señores, una sesión de chocoterapia de dos horas. 

Estar embarrado hasta la médula de chocolate es riquísimo. Además, la chocoterapia mejora el tono de la piel y libera los músculos con una rica presión.

Después de aquí viajamos a Orosi, donde visitamos la hermosa iglesa de esta localidad. 

Esta es la vida que nos merecemos. Rodeados de bosque, de sensaciones relajantes y todo sin viajar mucho. Y usted, ¿se animal? ¡Vamos a turistear!