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¡Qué vergüenza me dan nuestras carreteras!

No es un secreto ni estoy descubriendo el agua tibia: tenemos calles para llorar. Una red vial maltratada, maltrecha, descuidada, que despierta un sentimiento de pena ajena y propia y avergüenza a más no poder.

Sergio Arce Hace 10/13/2015 11:17:00 AM

No es un secreto ni estoy descubriendo el agua tibia: tenemos calles para llorar. Una red vial maltratada, maltrecha, descuidada, que despierta un sentimiento de pena ajena y propia y avergüenza a más no poder.

Esta realidad nos la viven y vienen diciendo numerosos reportes como el Reporte Global de Competitividad, que el mes pasado publicó el Foro Económico Mundial.

Costa Rica se encuentra en el puesto 103 de un total de 140 naciones en el apartado de infraestructura (vial, ferroviaria, portuaria y aérea). Si se desagregan los datos, en el caso de las vías estamos en el lugar 115. ¡Y no es un cuento chino!

Este fin de semana estuve en Guanacaste -qué belleza de playas- donde, para llegar hasta ahí, viajé por la ruta 1, la arteria vial más importante del entramado de carreteras de este terruño.

Y hay que decirlo así, con todas sus luces: qué asco de "carretera". Kilómetros y kilómetros de un trillo dizque asfaltado; lleno de montículos, con escasa -nula- iluminación y una demarcación de quinta.

Tanto de ida como de regreso viajar por esa "carretera" era como estar en la famosa Tagada, por la gran cantidad de brincos y la cabeza maneada de un lado a otro. 

Por dignidad personal simplemente quise obviar una realidad que nos cachetea con música. Y mi consuelo es que no viajo mucho a Guanacaste. 

Pero hay quienes deben recorrer la ruta 1 todos los días o, al menos, una vez a la semana: autobuseros, expendedores de bienes y servicios, ganaderos, agricultores, entre otros muchos.

Y ni qué hablar de los turistas, quienes vienen al país con la idílica promesa de disfrutar de unas vacaciones de ensueño, cobijados por el 'pura vida' de nuestro cielo, de nuestras montañas, de nuestras innegables bellezas naturales y, desde luego, de nuestra gente, pero que deben sufrir con estas carreteras sacadas de un cuento de horror. ¿O será que también les vendemos la idea de que nuestras calles forman parte de una aventura salvajemente tropical?

Aquí podría seguir hablando -o quejándome- de las calles de la 'Suiza centroamericana', pero no me cansaré de exigir que nuestros impuestos sean usados eficientemente en la atención de la red vial costarricense. Sí, exijo que dejemos de ser el hazmerreír de los informes internacionales, que cada año nos restriegan una dura y lamentable realidad.